
En 2025, España movió 1.335 millones de paquetes: un 10% más que el año anterior y un 148% más que en 2019. Ese mismo año, los envíos postales tradicionales cayeron hasta los 1.164 millones. Por primera vez en la serie histórica, el país envió más paquetes que cartas.
Son datos del Informe Anual del Sector Postal de la CNMC, publicado en agosto de 2026. Y describen un cambio que, en el sector inmobiliario, casi siempre se lee como un asunto de logística: cómo se entrega, quién entrega, con qué margen.
Hay otra lectura, y es la que afecta al propietario del activo. Todo ese volumen tiene que aterrizar en algún sitio. El 86% de las entregas sigue dirigiéndose al domicilio del destinatario; las taquillas de autoservicio absorben un 3% y los puntos de conveniencia un 9%. Es decir: la inmensa mayoría de ese flujo entra por el portal de un edificio de viviendas o por la recepción de uno de oficinas.
Edificios cuya infraestructura —buzones, mostradores, zonas de espera, protocolos de acceso— fue diseñada para un flujo de correspondencia que ya no existe.
Reducir esto a "el problema de los paquetes" es quedarse corto, y es la razón por la que casi nunca llega al comité de inversión.
En un edificio en uso circulan a diario intercambios físicos que no tienen nada que ver con el e-commerce:
Cada uno de esos flujos tiene algo en común: hoy se resuelven con una persona en medio. Alguien recibe, alguien custodia, alguien localiza al destinatario, alguien anota —o no anota— quién se lo llevó.
Esa persona suele ser el equipo de recepción o el de Facility Management. Y ese es exactamente el punto donde el volumen se convierte en coste.
Ningún presupuesto operativo de un edificio tiene una partida llamada "gestión de intercambios físicos". Por eso nadie la optimiza: no se puede recortar lo que no se mide.
El coste existe, pero está repartido en formatos que no se agregan:
A esto se suma un efecto que sí percibe el mercado aunque no se contabilice: la primera impresión del activo. Un vestíbulo con cajas apiladas comunica algo sobre cómo se gestiona el edificio, y lo comunica a la misma persona a la que se le está pidiendo que firme una renta prime.
La pregunta relevante para un propietario no es si automatizar suena bien, sino qué se mueve cuando se hace.
Según datos internos de Columat obtenidos de proyectos ya implantados, automatizar estos procesos puede reducir hasta un 55% el tiempo dedicado a determinadas tareas logísticas internas.
En activos gestionados para Colonial, la operación registra además:
El segundo dato importa tanto como el primero. Una infraestructura que se instala y no se usa es capex enterrado; el uso recurrente es lo que indica que el servicio ha sustituido de verdad al proceso manual y no convive con él.
Y hay un tercer efecto, menos inmediato pero más estratégico: la operación empieza a generar datos. Cuántos intercambios soporta el activo, en qué franjas, con qué picos, qué servicios se usan y cuáles no. Información que hasta ahora simplemente no existía porque el proceso vivía en la cabeza del conserje.
Durante años, este tipo de soluciones se ha presentado como un extra: una casilla más en el folleto comercial, al lado del gimnasio y la sala de reuniones.
Ese encuadre es el que ha impedido que se evalúe bien. Un amenity se juzga por si gusta. Una infraestructura se juzga por lo que cuesta operarla y por lo que permite hacer sin añadir plantilla.
Ahí está el punto que conecta con la valoración del activo. La experiencia del usuario mejora cuando el edificio ofrece más servicios; el problema clásico es que cada servicio nuevo añade carga transaccional al equipo, y el coste operativo crece al mismo ritmo que la promesa. Automatizar la capa física separa esas dos variables: permite ampliar servicio sin ampliar proporcionalmente los recursos que lo sostienen.
No se trata de sustituir personas. Se trata de reservar su tiempo para lo que sí requiere criterio humano —hospitalidad, atención, resolución de incidencias— en lugar de para localizar una caja.
Esto gana peso a medida que aumentan las reconversiones de uso. Un activo que cambia de oficinas a flex living, o que incorpora residencial, no solo redistribuye plantas: cambia de usuarios, de flujos y de expectativas de servicio. La flexibilidad de un inmueble no debería medirse solo por lo fácil que es mover sus tabiques, sino por su capacidad de asumir nuevos usos sin multiplicar la complejidad operativa.
Antes de valorar ninguna tecnología, hay tres datos que casi ningún propietario tiene a mano y que definen el tamaño real del problema en su cartera:
1. ¿Cuántos intercambios físicos soporta el activo cada día? No solo paquetes: llaves, dispositivos, documentación, material. El número suele sorprender, porque nunca se ha contado.
2. ¿Cuánto tiempo del equipo consumen? Medido en interrupciones, no en horas de bloque. Es la métrica que traduce el volumen a coste.
3. ¿Qué evidencia digital queda de cada uno? Si la respuesta es "ninguna", el activo está asumiendo un riesgo de trazabilidad que no está valorado en ningún sitio.
Con esas tres cifras, la conversación deja de ser sobre taquillas y pasa a ser sobre eficiencia operativa del activo. Que es donde debería estar.
El flujo físico que atraviesa un edificio se ha multiplicado en menos de una década. La infraestructura que lo absorbe, no. La diferencia entre ambas cosas se paga en tiempo de equipo, en espacio mal usado y en una experiencia que el inquilino sí nota, aunque el propietario no la vea reflejada en ninguna línea del presupuesto.
Automatizar esa capa no convierte un edificio en otro. Le da algo más básico: la capacidad de gestionar y trazar sus propios intercambios sin que cada operación termine en el mostrador de recepción.